Viena, año 1770. El barón von Kempelen le presenta a la emperatriz María Teresa de Austria un extraño artefacto. Se trata de un maniquí con forma humana y un gran turbante, sentado ante un tablero de ajedrez. Este autómata dotado de inteligencia propia es capaz de hacer jaque mate a cualquiera que se enfrente a él.
Todo empezó un día de otoño de 1769…
La historia de hoy es la «biografía» del jugador de ajedrez mecánico que derrotó al emperador Pablo II de Rusia, a Benjamin Franklin y al mismísimo Napoleón, conocido por el sobrenombre de “El Turco” por el turbante y su aspecto oriental.
Todo empezó un día de otoño de 1769, cuando en la corte de la emperatriz María Teresa estaban viendo un espectáculo de magia. Uno de los asistentes era el barón Wolfgang von Kempelen. Parece ser que en aquellos tiempos la partícula «von» en el apellido era indicativo de origen noble, pero no se tiene constancia de que fuese realmente barón. Aun así suele citársele como el “barón von Kempelen”, así que este artículo yo voy a referirme a él de esta manera.
El barón von Kempelen era un consejero de la corte, gran apasionado de la ciencia, inventor e ingeniero autodidacta. Por eso la emperatriz María Teresa quiso saber su opinión sobre el espectáculo de magia. El barón le respondió que no le había impresionado demasiado. Es más, él mismo podría hacerlo mucho mejor. Entonces la emperatriz le retó a preparar su propio espectáculo, dándole seis meses de plazo.

Así fue como en la primavera de 1770 el barón presentó su invento a la emperatriz. Ante la gran expectación de la corte allí reunida, el barón les mostró un muñeco a tamaño real con largos bigotes, un turbante y aspecto exótico. Estaba sentado ante una gran caja de madera con tres compartimentos, y sobre ella había un tablero de ajedrez.
El barón explicó que el autómata, que jugaba con la mano izquierda, tenía una inteligencia mecánica nunca antes vista, y era capaz de derrotar a cualquiera en una partida de ajedrez. Abrió las puertas de todos compartimentos de la caja para mostrar que en el interior no había nada más que piezas de la maquinaria. Según las reglas, sería el autómata quien comenzase la partida y jugaría con las piezas blancas.
El Conde Cobenzl fue el primer voluntario que se sentó ante el autómata para jugar contra él.
Mientras el barón von Kempelen le daba cuerda, la corte entera contenía el aliento. Ante el asombro de todos los presentes, con un chirrido mecánico el autómata levantó la mano izquierda, sujetó una pieza y realizó el primer movimiento. En pocos minutos, le había dado jaque mate al Conde Cobenzl.
La emperatriz María Teresa se quedó encantada con la exhibición del Turco mecánico, y se realizaron muchos otros espectáculos con él en la corte para mostrarlo a altas personalidades que venían de visita. Pronto en toda Viena corrió el rumor del nuevo autómata que era capaz de jugar al ajedrez, y la noticia de tal maravilla no tardó en traspasar las fronteras internacionales.
Otros autómatas del siglo XVIII
En el siglo XVIII estaban muy de moda los autómatas mecánicos, que principalmente no tenían otra intención que servir de juguetes y entretenimiento para las clases altas. Estaban diseñados para imitar y reproducir movimientos por medio de sistemas mecánicos. Hay algunos ejemplos de la época que son auténticos ingenios, como:
- El dibujante, el escritor y la pianista de Pierre Jaquet-Droz: se trata de una mujer que toca el piano y dos niños autómatas que pueden escribir y crear dibujos predefinidos. Todavía se conservan en el museo de Neuchâtel en Suiza.
- El cisne de John Joseph Merlin: representa a un cisne de tamaño real sobre una base de agua de cristal que imita un río. El cisne puede mover el cuello, picotear el agua y comer peces que también son mecánicos. Se conserva actualmente en un museo de Inglaterra.
- El pato de Vaucansons: imitaba los movimientos de un pato real, y hasta podía comer y digerir el alimento. El pato real no se conserva pero existen reproducciones del original que muestran cómo debió haber funcionado.
Estos autómatas realizaban una serie de movimientos predefinidos, pero lo que nunca se había visto hasta el momento era que un autómata pudiese interactuar con un humano ni de razonar. Si realmente jugaba al ajedrez por sí mismo, el Turco no era simplemente un robot que funcionase a cuerda por medio de un mecanismo de relojería: estaba provisto de inteligencia artificial.

Una relación complicada
Algunos escépticos afirmaron que el Turco mecánico era un fraude, y que tenía que estar operado por medios humanos, pues con los medios de la época era imposible construir un autómata así. Pero la mayoría de la gente creía que era auténtico. Si había otros que dibujaban o tocaban el piano, ¿por qué no iba a haber uno que jugase al ajedrez?
En un principio, el barón von Kempelen estuvo encantado de la gran acogida de su autómata, y sobre sobre todo de la admiración de la emperatriz. Tras el gran éxito de su invento, María Teresa le encomendó varios proyectos de ingeniería en la corte que era a lo que él aspiraba.
Pero ya no le gustó tanto que su jugador de ajedrez mecánico empezase a llamar tanto la atención, no solo en Viena sino en toda Europa. Su intención solo había sido impresionar a la emperatriz, y el autómata ya había cumplido su objetivo. Él quería que le reconocieran por sus trabajos de ingeniería, no por haber construido un autómata para entretener a la corte.
Por eso su Turco permaneció diez años desmontado y fuera de escena. El barón solo lo mostraba en ocasiones muy especiales.
La «gira» europea del barón von Kempelen
Una de esas ocasiones llegó en 1781, once años después de haber mostrado su invento por primera vez.
En ese momento estaba en el trono el emperador José II sucediendo a su madre María Teresa, que había fallecido un año antes. El gran duque Pablo de Rusia iba a visitar la corte de Viena y José II le pidió al barón von Kempelen una exhibición del Turco para entretener al futuro zar.
El espectáculo fue un éxito, aunque según cuenta una leyenda popular, cuando el autómata derrotó a Pablo de Rusia, tal fue su indignación que sacó la espada dispuesto a “arrestar” al Turco.
Tanto le impresionó el jugador de ajedrez mecánico que le sugirió a José II que exhibiera al autómata en toda Europa, para mostrar al mundo el nivel científico y tecnológico de su imperio. Al emperador le gustó la idea, y le encomendó al barón von Kempelen organizar una gira europea de dos años.
La gira empezó en París en 1783 y la primera parada fue en el palacio de Versalles, donde reinaban en ese momento Luis XVI y María Antonieta, que por cierto era hermana del emperador José II.
París era una de las ciudades en que se decía que se encontraban los mejores ajedrecistas del mundo. Particularmente había un café llamado el Café de la Regence donde se reunían muchos intelectuales de la época y era muy típico jugar al ajedrez.
En este Café el Turco sufrió la épica derrota contra el francés Philidor, que era considerado el mejor ajedrecista del mundo. También jugó contra Benjamin Franklin, pero a este último le ganó. En esta época el autómata empezó a ganar una fama legendaria. Aunque perdiese algunas partidas, en aquellos tiempos solo el hecho de ser capaz de jugar al ajedrez era una hazaña increíble para un autómata.
Al año siguiente el Turco prosiguió su gira en Londres, una ciudad donde ya existían otras exhibiciones de autómatas mecánicos. Pero ninguno era como el Turco, lo cual le hacía destacar entre todos los demás pero también cierta desconfianza.
En el viaje de vuelta a Austria el espectáculo se presentó en diversas ciudades europeas como Ámsterdam, Frankfurt y Leipzig, donde continuó despertando admiración, pero también cada vez más curiosidad por saber qué secreto se escondía tras su funcionamiento.

El «Turco»: ¿máquina prodigiosa o fraude?
El público general creía que el Turco era realmente una máquina inteligente, pero algunos científicos estaban seguros de que esto no era así. Tenía que estar operado por una inteligencia humana. Pero la cuestión era cómo.
Empezaron a aparecer artículos con especulaciones y teorías sobre la naturaleza del Turco mecánico. Algunos opinaban que el barón von Kempelen movía las piezas del tablero a distancia, aunque no sabían exactamente cómo lo hacía. Según unos por medio de unos hilos muy finos, como si fuese una marioneta, o según otros con imanes escondidos en sus bolsillos.
Otras hipótesis apuntaban a que debía llevar dentro un operador humano. La teoría de los hilos de marioneta era muy improbable, porque el barón giraba y movía al autómata cuando mostraba los compartimentos. Los imanes tampoco parecían una buena explicación, porque solo funcionarían a muy corta distancia y el barón no siempre estaba tan cerca de su autómata.
De hecho como el público era cada vez más numeroso, el barón había empezado a usar dos tableros de ajedrez. El tablero del oponente estaba en una mesa a unos metros del Turco, y el barón iba de un tablero a otro colocando las piezas. Así todo el mundo podía ver bien al autómata sin que lo tapase la espalda del otro jugador. Y a veces el Turco realizaba su movimiento cuando el barón estaba junto al segundo tablero, así que la teoría de los imanes también quedaba descartada.
Otra razón para pensar que había un operador dentro del autómata era que solo ser realizaban exhibiciones de una hora al día. El barón cobraba por la entrada, y podría ganar mucho más dinero realizando varios espectáculos diarios. ¿Por qué no los hacía? Esto hacía sospechar que había un operador dentro de la máquina, y que no podría pasar mucho tiempo allí encerrado.
Por otro lado, von Kempelen mostraba siempre los compartimentos abiertos de la caja antes de empezar la exhibición. Si había alguien escondido detrás de los mecanismos que se veían dentro de la caja, tenía que ser muy pequeño para caber en aquel espacio. Por eso se sospechaba que tenía que ser un niño o un enano, e incluso una teoría más loca apuntaba a que fuese un mono entrenado para jugar al ajedrez.
Otra cuestión que tampoco estaba clara era cómo podría un operador humano ver el tablero desde el interior del Turco. Según algunos quizás usase algún sofisticado sistema de lentes y espejos. A otros les parecía más lógico que el operador estuviese escondido en el cuerpo del autómata.
Después de enseñar las puertas abiertas de los tres compartimentos, el barón siempre giraba la caja para mostrar una abertura en la espalda del turco. Por allí se podía ver que su interior estaba vacío. El barón seguía siempre el mismo ritual. Tras cerrar todas las compuertas, daba cuerda al Turco con una manivela y comenzaba la partida.
Algunos veían allí el momento perfecto para que un operador escondido en la caja se introdujese en el cuerpo del autómata, aprovechando el ruido que hacía la manivela. Desde el pecho del muñeco podría ver el tablero y accionar el brazo mecánico.
El libro más completo que recogía y analizaba todas las hipótesis sobre el funcionamiento del autómata fue escrito por Joseph Friedrich Freiherr von Racknitz en 1785. Racknitz se dio cuenta de que debajo de los compartimentos había un cajón estrecho que von Kempelen nunca abría. Él sospechaba que el operador estaba allí escondido mientras el barón mostraba el interior de la caja. Racknitz no mencionó nada sobre el tamaño del operador, pero teniendo en cuenta que el cajón medía aproximadamente un metro de largo parecía apoyar la teoría de que solo podía tratarse de un niño o un enano.
El periodo oscuro del Turco mecánico
Todo esto no dejaban de ser meras especulaciones porque el barón von Kempelen nunca admitió ni descartó ninguna teoría y se llevó su secreto a la tumba. Él sabía que gran parte de la atracción del Turco era el misterio de no conocer su funcionamiento de primera mano y solo poder especular.
Por eso quizás cuando regresó a Viena en 1785 después de la gira europea, desmontó al Turco y guardó las cajas en algún rincón oscuro, sin ninguna intención de volver a mostrarlo en público ni mucho menos desvelar su funcionamiento.
Aunque se cuenta que el Turco también se enfrentó en una partida a personajes como Federico II de Prusia, Jorge III de Inglaterra o Catalina la Grande, parece que todo esto forma parte de la leyenda que se forjó en torno al autómata. No hay constancia de que el Turco volviese a salir de su almacén hasta la muerte del barón von Kempelen en 1804.
La muerte de su propietario no significó el final del Turco sino más bien al contrario, pues a partir de aquí fue cuando protagonizó la mayor parte de sus aventuras.

El nuevo dueño del Turco: Johan Nepomuk Maelzel
Aquí es cuando entra en escena Johann Nepomuk Mälzel, un inventor bávaro que como muchos otros en su época estaba fascinado por el funcionamiento de los robots mecánicos.
Alguna de sus creaciones a principios del siglo XIX eran un autómata que tocaba la trompeta y un instrumento llamado panarmónico, capaz de reproducir el sonido de todos los instrumentos de una orquesta. En 1808 Mälzel empezó a trabajar como mecánico en la corte de Viena. Más o menos por estas fechas adquirió el Turco mecánico al hijo del difunto barón von Kempelen. Después de reemplazarle algunas piezas estropeadas y hacerle algunos ajustes, el autómata ya estaba listo para jugar nuevas partidas.
Y la primera de ellas fue contra Napoleón Bonaparte, cuando este llegó a Viena en julio de 1809 tras la batalla de Wagram.
Mälzel se presentó ante Napoleón y sus tropas como el creador del Turco. De hecho durante todo el resto de su historia al autómata se le conoció como “El jugador de ajedrez de Mälzel”, aunque en los carteles de sus espectáculos sí ponía que el barón von Kempelen era el inventor.
Se cuenta que durante la partida de ajedrez Napoleón trató de probar varias veces hasta donde llegaba la inteligencia del autómata, realizando una serie de movimientos indebidos. Esto hizo enfurecer al Turco, que barrió todas las piezas del tablero con su brazo mecánico. Napoleón pidió entonces empezar una segunda partida en la que respetaría las normas y el Turco le derrotó.
No se tiene constancia de que Napoleón se interesase por el funcionamiento real del turco, o sobre si era o no un autómata. Probablemente tendría cosas más importantes en la cabeza, como no perder su imperio.
El que sí estaba muy intrigado por conocer su secreto era Eugène de Beauhaurnais, que era hijo de Josefina, la esposa de Napoleón. Pero Mälzel le dijo que solo se lo revelaría si le compraba el autómata. Eugène le pagó bastante más dinero por el Turco de lo que le había costado a Mälzel, pero solo quería saber cómo funcionaba. Una vez que lo hubo visto por dentro, perdió todo el interés por él y lo dejó de lado en algún rincón de su palacio. El Turco se quedó unos cuantos años en el olvido, hasta que Mälzel se acordó de él y volvió a rescatarle.
La agitada vida del señor Maelzel
Mientras tanto, vamos a seguir las andanzas de Mälzel durante los años en que estuvo separado de su mítico jugador de ajedrez. En aquellos tiempos se centró en construir y perfeccionar otros inventos. Entre otras cosas, en 1810 comenzó a comercializar su versión de las trompetillas acústicas, lo que venían a ser unos audífonos de la época. Por otro lado a finales de 1812 había terminado su segunda versión del panarmónico, el instrumento que reproducía el sonido de toda una orquesta.
Ahora solo necesitaba buscar una buena oportunidad para poder comercializarlo con éxito.
Y esta oportunidad le llegó con la Batalla de Vitoria en junio de 1813, donde las fuerzas aliadas derrotaron al ejército francés de José Bonaparte en España. Este triunfo supuso un punto de inflexión en la lucha contra el Imperio napoleónico, que dos años después sería definitivamente derrotado en la famosa batalla de Waterloo.
Cuando las noticias llegaron a Viena a principios de julio, Mälzel vio en esta batalla la ocasión que estaba buscando. Le propuso a su amigo Beethoven que compusiera una pieza sobre la derrota de los franceses para su instrumento mecánico.
Los desencuentros de Maelzel y Beethoven
De ahí surgió la primera versión de la Victoria de Wellintong de Beethoven. En los meses siguientes el músico trabajó en una adaptación para interpretarla con una orquesta, que se estrenó en Viena en diciembre de 1813 y fue un gran éxito.
Aquí empezaron los problemas entre Mälzel y Beethoven, que hasta entonces habían sido amigos. Mälzel le había construido varios modelos de audífonos al músico, que en aquella época todavía no estaba totalmente sordo. Según lo entendió Mälzel, la versión de la Batalla de Wellington que Beethoven hizo para su panarmónico era un trueque por los audífonos y por un préstamo que le había hecho, y según otras versiones la consideró un regalo del músico.
Pero Beethoven no estaba de acuerdo con esto. Se enteró de que Mälzel había hecho carteles para anunciar una exhibición, que no ponían quién era el autor de la música del panarmónico. Parece ser que el concepto de Mälzel sobre los derechos de autor era bastante flexible, y también es conocido que Beethoven tenía mucho temperamento. El músico montó en cólera y emprendió acciones legales para impedir que Mälzel realizase espectáculos con el instrumento que tocaba su melodía.
Maelzel y el metrónomo de Nikolaus Winkel
Aunque no podía exhibir el panarmónico si no quería meterse en más problemas legales, Mälzel viajó igualmente por Europa con su museo ambulante. Así llegó a Ámsterdam, donde conoció a un inventor neerlandés llamado Dietrich Nikolaus Winkel, que estaba trabajando en un cronómetro musical. Mälzel también había construido otro cronómetro parecido, pero la versión de Winkel era mejor que la suya. El holandés no había patentado aún su modelo, así que Mälzel le hizo algunos ajustes y lo patentó bajo el nombre de metrónomo Mälzel.
El metrónomo tuvo buena acogida en Europa, y en 1817 Mälzel volvió a Viena a hacer las paces con Beethoven, a quien le ofreció un ejemplar de su nuevo invento. De hecho Beethoven fue uno de los primero compositores en utilizar uno de esos aparatos.
Después de todas estas peripecias, Mälzel probablemente ya había tenido bastante para una buena temporada en lo que se refiere a aparatos musicales. Fue entonces cuando decidió volver a por el jugador de ajedrez.

El reencuentro de Maelzel y su Turco mecánico
Como ya sabemos el Turco estaba en posesión del hijo adoptivo de Napoleón, pero Mälzel consiguió recuperarlo. A partir de aquí, durante el resto de su vida Mälzel ya solo se dedicaría a ofrecer exhibiciones de sus autómatas en diversas partes del mundo con el Turco como estrella de su espectáculo.
En los siguientes años sus giras se fueron alternando entre diferentes ciudades europeas, y aunque tenía bastante éxito se enfrentó al mismo problema que el barón von Kempelen en su día: empezaron a surgir cada vez más teorías sobre cómo funcionaba el Turco y cuál era su secreto. Particularmente destaca el ensayo de Robert Willis de 1821, titulado “Un intento de análisis del jugador de ajedrez mecánico”.
Antes de escribir este ensayo Robert Willis había asistido a varias exhibiciones del Turco y había tomado buena nota de todas ellas. En su ensayo se planteaba ciertos interrogantes como por qué Mälzel abría las puertas de los tres compartimentos de la caja antes de empezar las partidas pero luego volvía a cerrarlas. Si no hubiese nada que ocultar, podría dejarlas abiertas durante todo el juego para que los espectadores vieran cómo se movía la maquinaria.
Tampoco encontraba lógica la frecuencia con la que Mälzel le daba cuerda al autómata. A veces lo hacía dos o tres veces en pocos minutos, y otras veces dejaba pasar casi una hora
Willis asumía que el operador se ponía dentro del tronco del autómata para seguir las partidas y que introducía su brazo dentro del del turco, como si fuese un guante. Además aportaba otra pista muy importante: él creía que el cajón rectangular que había en la parte inferior de la caja era falso. Allí era donde Racknitz había dicho que se escondía un operador muy pequeño. Si la teoría de Willis era cierta, habría sitio para que en la caja se escondiese una persona de tamaño normal.
Como hizo von Kempelen en su día, Mälzel no afirmó ni desmintió nada de la teoría de Willis. Afortunadamente para él, este ensayo pasó totalmente desapercibido por el público en general, pues había tantos artículos y publicaciones sobre el funcionamiento del Turco que simplemente lo tomaron como uno más.
Pero aparte de que Mälzel veía cada vez más amenazado el misterio de su autómata, tuvo que enfrentarse a otras complicaciones. Por un lado, el holandés Nikolaus Winkel había adquirido un modelo del metrónomo de Mälzel y reconoció en él su propio modelo retocado, por lo que solicitó una investigación a la Academia Holandesa de Ciencias. Por otro lado, Mälzel acumulaba cada vez más deudas en las diferentes ciudades en las que realizaba sus exhibiciones.
Con todo esto, en diciembre de 1825 embarcó con su colección de autómatas rumbo a Nueva York, esperando hacer borrón y cuenta nueva.

Los inicios de la aventura americana
Pero sus inicios en Estados Unidos tampoco fueron fáciles. Prácticamente nada más desembarcar, al Turco se le sometió a un intenso escrutinio. Al igual que sucedía en Europa, en la prensa se publicaban artículos, explicaciones y toda clase de teorías sobre el secreto que le hacía funcionar. Aquellos ya no eran los tiempos del barón von Kempelen, y en esta época ya estaba fuera de toda duda que al autómata lo manejaba un humano. Ahora la gran intriga recaía más bien en el truco que empleaba para esconderse dentro de la caja y cómo se las arreglaba para ver las jugadas o accionar el brazo del Turco.
A las teorías que habían aparecido antiguamente se les sumaban otras nuevas, y cualquier gesto o movimiento que realizase Mälzel durante las exhibiciones aparecía al día siguiente en la prensa analizado al milímetro.
En aquella época, él se servía del método que ya había utilizado el barón von Kempelen en su día de usar un segundo tablero de ajedrez. Una teoría que surgió era que se comunicaba con el operador según la forma en que colocaba las piezas del oponente en el tablero del Turco.
También se observó que a veces Mälzel tamborileaba con los dedos sobre la caja madera del autómata. De ahí surgió otra hipótesis sobre una posible comunicación en un código similar al morse.
Otro hecho que despertaba la curiosidad general la identidad del misterioso operador que daba vida al Turco. Como se observó que una de las integrantes del personal de Mälzel a veces desaparecía de escena durante las exhibiciones, se empezó a rumorear que quizás fuese ella.
Mälzel, que por supuesto estaba muy al corriente de todos los rumores, aprovechaba para aumentar el misterio realizando ciertas acciones justo en los momentos en que según las teorías no debería hacerlas. Se alejaba del Turco cuando se suponía que debía estar cerca, no tocaba la caja cuando se suponía que debía tocarla, y así sucesivamente. También hizo que su ayudante que era sospechosa de ser la operadora del autómata estuviese en un lugar bien visible del público, e incluso una vez jugó contra el autómata.
En todos los meses que estuvo en Nueva York, el Turco solo perdió dos partidas. El siguiente destino de la gira americana de Mälzel fue Boston, y allí fue derrotado tres veces ya en los primeros días de la exhibición. Pero esto lejos de ser un problema, se convirtió en un aliciente y una dosis de publicidad extra para el intrigante jugador de ajedrez mecánico.
Graco y los mejores ajedrecistas del mundo
Al aparecer las noticias en la prensa sobre las derrotas del turco en la ciudad, se inició una especie de combate de honor entre los ajedrecistas de Boston y los de Nueva York. Un ajedrecista de Nueva York conocido bajo el nombre de Greco escribió una carta abierta a la prensa, retando al Turco a jugar contra dos neoyorkinos que según él eran los mejores del mundo. Ellos serían capaces de ganar una partida no solo al autómata sino a cualquier humano. Greco concluía diciendo que si Mälzel no aceptaba el reto, eso significaría reconocer públicamente que el autómata era un fraude.
Aunque Mälzel no solía responder a este tipo de mensajes, en este caso vio que el prestigio del Turco estaba en juego, así que recogió el guante que le había tirado Greco y volvió a Nueva York para aceptar el desafío.
Se acordó que la partida sería privada, probablemente porque llegado el caso a Mälzel no le interesaba que su autómata fuese derrotado en público, y se propuso una apuesta de entre 1.000 y 5.000 dólares, lo cual era una cantidad de dinero exorbitante para la época.
Entonces a Mälzel se le ocurrió un truco para calcular el nivel al que se enfrentaba. Organizó una reunión preliminar con Greco y los otros dos ajedrecistas que supuestamente eran los mejores del mundo, para hablar de los pormenores de la apuesta. Les dijo que en aquel momento no podía mostrarles el autómata porque todavía estaba desmontado. Pero ya que estaban allí les invitó a jugar una partida amistosa contra su secretario francés William Schlumberger. Este les dio a todos jaque mate sin problemas, dejándoles perplejos. ¡Si aquel europeo les había ganado sin ningún esfuerzo, qué no sería capaz de hacer el autómata! Greco se vio obligado a retirar su desafío y como suele decirse se fue con el rabo entre las piernas.
Así Mälzel se libró del riesgo de perder una gran cantidad de dinero y la reputación del Turco. Sin embargo, hubo otras ocasiones en que sacó provecho de las derrotas de su autómata, pues como buen empresario sabía que no todas las victorias equivalían a un triunfo. No era lo mismo perder una partida jugada en serio que una derrota por cortesía.

Derrotas, éxitos y desafíos
Una célebre derrota del Turco fue cuando jugó en Filadelfia una partida contra una figura muy prominente en los Estados Unidos: era Charles Carroll, uno de los firmantes de la Declaración de la Independencia, que en aquellos momentos tenía ochenta y nueve años. El Turco iba ganando cuando Mälzel dijo que debían hacer una pequeña pausa para ajustar el mecanismo. Después de abrir una de las compuertas y hacer algún ajuste, el turco comenzó a jugar mal y Charles Carroll ganó.
Carroll se dio cuenta de que Mälzel había hecho algo para evitar que él perdiese la partida, pero al día siguiente los periódicos publicaron la victoria del gran héroe de la patria contra el jugador de ajedrez de Mälzel, lo que por supuesto incrementó el fervor popular por el autómata.
Se cuenta que en otra ocasión en que el Turco echó una partida contra una mujer, jugó excepcionalmente mal y la dejó ganar en lo que parecía un gesto de galantería, pero se rumoreó que había sido una derrota estratégica. En unos tiempos como aquellos, Mälzel sabía que si una mujer ganaba al Turco en una partida bien jugada podría perder toda su reputación. Una buena forma de evitar este riesgo era hacer evidente que la victoria de la dama era porque el Turco se había dejado ganar.
A lo largo de los años Mälzel también tuvo que enfrentarse a numerosos imitadores que montaban exposiciones similares a la suya o incluso réplicas de su autómata, como el Jugador de Ajedrez Americano de los hermanos Walker. Sin embargo, ninguno consiguió hacerle sombra, precisamente porque gran parte del éxito de sus exhibiciones se debía a su talento empresarial.
Aunque la estrella de su espectáculo era su jugador de ajedrez, tenía también otros autómatas en su colección que iba cambiando con el tiempo para que siempre hubiese atracciones nuevas. En sus exhibiciones el último en aparecer era el Turco, para que resaltase aún más singular entre todos los demás. La forma que tenía de presentar a su autómata e interactuar con él también formaba parte del espectáculo.
El artículo de Edgar Allan Poe
Tras diez años de desafíos, altibajos, autómatas rivales y todo tipo de especulaciones en su aventura americana, en el año 1835 se produjo otro punto de inflexión en la historia del Turco: Edgar Allan Poe asistió a varias veces a su espectáculo, y escribió el artículo más conocido sobre su funcionamiento, “El jugador de Ajedrez de Mälzel”.
Edgar Allan Poe partía de la base de que el autómata no era, como él lo llama “una máquina pura”. En sus propias palabras: “Está claro que las operaciones del autómata están reguladas por la mente humana. La única duda es cómo procede esta para controlarlo”. Curiosamente, según el escritor algo que demostraba claramente que el Turco estaba operado por un humano era que perdía algunas partidas. Si fuese una máquina que sabía jugar al ajedrez, él suponía que siempre ganaría.
Edgar Allan Poe no creía que el operador tuviese que ser necesariamente alguien muy pequeño. Según él, un adulto podía desplazarse por los diferentes compartimentos para esconderse a medida que Mälzel iba abriendo y cerrando las puertas. Por esta razón Mälzel nunca abría las tres puertas a la vez. También se adhería a la teoría de que el operador actuaba acomodado en el tronco del Turco.
Además el artículo mecionaba un dato bastante importante: Willem Schlumberger, el secretario de Mälzel, nunca estaba presente durante las exhibiciones. Y en una ocasión en que se encontraba enfermo, la exhibición se canceló.
Era del dominio público que Schlumberger era un jugador de ajedrez excepcional, pero superaba el metro ochenta de estatura. En los tiempos en que se creía que en el interior del autómata solo había espacio para una persona de pequeño tamaño, se le había descartado como operador. Sin embargo según las nuevas teorías, parecía posible que la caja pudiese albergar a un adulto de esa altura, y el rumor de que él era el alma del autómata estaba cada vez más aceptado.

Los últimos años de Maelzel
Igual que sucedía con otras publicaciones similares, Mälzel nunca respondió al artículo de Poe, pero fue muy consciente del impacto que había tenido en el público en general. La popularidad de su autómata estrella estaba más en juego que nunca, por lo que decidió cambiar de aires. Entre 1836 y 1837 realizó una gira por nuevas ciudades bajando desde Ohio hasta Nueva Orleans. Desde allí hizo escala en Cuba antes de regresar a Filadelfia, organizando una corta exhibición en La Habana que tuvo mucho éxito.
El plan de Mälzel era volver a Cuba al año siguiente después de haber perfeccionado su colección de robots e iniciar desde allí una gira por Latinoamérica. Pero a partir de aquí todo se torció, porque al poco de llegar a Cuba su secretario falleció de fiebre amarilla.
Mälzel no solo había perdido al operador de su Turco, también a un gran amigo que le había acompañado en gran parte de su aventura. Forzado por los acontecimientos, tuvo que cancelar sus planes de Latinoamérica y decidió volver a Filadelfia, pero murió en el barco de vuelta en julio de 1838
La verdad sale a la luz: John Kearsley Mitchell
Tras su muerte, el Turco pasó a ser propiedad de John Kearsley Mitchell, un doctor de Filadelfia que siempre había tenido curiosidad por averiguar los secretos del autómata. Mitchel fundó un club de interesados para financiar los cuatrocientos dólares que le costó la adquisición. Todos sus miembros pasaron a ser oficialmente los propietarios y todos pudieron acceder al misterio de su funcionamiento. Mitchell tardó meses en recomponer el autómata y descubrir cómo funcionaba. Finalmente pudo reunir a los miembros del club y les mostró todos los recovecos del turco, explicándoles su secreto.
Una vez descubierto el truco, a Mitchell y su club ya no les interesaba el autómata. Lo mostraron alguna vez en una exhibición privada, pero finalmente decidieron donarlo al museo Chino de Filadelfia. Aquí el autómata pasó prácticamente desapercibido el final de sus días. En 1854 se produjo un incendio que se produjo en el museo y el Turco ardió llevándose su secreto con él, ya que entonces el truco que lo hacía funcionar todavía no se había hecho público.
Fue tres años después, en 1857, cuando Silas Mitchel, el hijo de su último dueño, publicó una serie de artículos en una revista especializada en ajedrez explicando su funcionamiento. Así se supo finalmente que la caja tenía doble fondo, pero estaba tan bien construida que era imposible apreciarlo cuando Kempelen o Mälzel abrían las puertas para mostrar el interior.
De esta forma había sitio para que entrase un adulto sentado de estatura media y era desde allí donde jugaba. En contra de algunas especulaciones, no se colocaba dentro del tronco del autómata.
La maquinaria que se veía en la caja estaba solo de adorno para que pareciese un sistema muy complicado. Darle cuerda al autómata tampoco era necesario, pero esto también era para despistar. Los crujidos y chirridos que se escuchaban a veces desde dentro de la máquina los podía accionar el operador a voluntad, y eran otro truco para darle emoción al juego. Bueno, también tenían la función de disimular si el operador necesitaba toser o estornudar. Se cree que este sistema de sonido no estaba en el original de Kempelen. Lo introdujo Mälzel, probablemente después de que alguno de los operadores estuviese a punto de arruinar el show por culpa de un estornudo.
Pero no toda la maquinaria del autómata era falsa. También tenía un mecanismo real, aunque este estaba oculto. El brazo del Turco se accionaba por medio de un sistema de poleas y un pantógrafo conectado a un segundo tablero de ajedrez que estaba dentro de la caja.
La parte de abajo del tablero llevaba imanes, que se desplazaban según se movían las piezas. Estos imanes los veía el operador en lo que desde su perspectiva era el “techo” de la caja.
El operador tenía que estar atento a qué casilla se desplazaba el imán, para hacer el mismo movimiento con las piezas negras de su tablero. Luego, al mover la pieza blanca de su tablero, el pantógrafo movería a la vez el brazo mecánico del turco.
En aquellos tiempos en que no existían las linternas, el cuerpo del turco servía para poner una vela, y en la punta de su turbante tenía una especie de mini chimenea para que saliese el humo.
Obviamente, aquella no era una situación muy cómoda para quien estuviese dentro de la caja, por eso las exhibiciones del Turco siempre duraban una hora como máximo.


¿Quién operaba al Turco?
No se tiene constancia de quién actuó como operador en los tiempos del barón von Kempelen. Se apuntó a que quizás fuese uno de sus hijos, pero este rumor viene de los tiempos en que todavía se creía que solo había espacio para un niño. El primer operador conocido fue ya en tiempos de Mälzel, y como realizó giras por Francia, Inglaterra y Estados Unidos, se vio obligado a cambiar de jugador en varias ocasiones.
Su secretario William Schulmbergen fue uno de los más conocidos, aunque él no llegó a confirmarlo nunca públicamente ya que se murió cuando el mecanismo del Turco aún era un secreto.
El último de los operadores fue Lloyd Smith, que era hijo de uno de los de los miembros del club formado para financiar la compra del Turco. Lloyd Smith participó en las exhibiciones del autómata en el museo chino y es el único que escribió de primera mano sobre sus experiencias como operador, en una carta que se conserva hoy en día.
Es bastante sorprendente que en los ochenta y cinco años que el Turco estuvo operativo, prácticamente todos los que conocían su funcionamiento guardaron su secreto celosamente. Solamente en 1834 se publicó un artículo anónimo de uno de sus antiguos operadores, que apareció en diversos periódicos y revistas. Entre todos los artículos que se publicaban afirmando contar la verdad sobre el Turco, este pasó desapercibido en su momento. Más adelante, cuando ya se conocía el secreto se supo que era auténtico por algunos detalles que solo podían saber quién había visto el autómata por dentro.
El mito de Worousky, el soldado sin piernas
La divulgación del verdadero funcionamiento del Turco no evitó que siguiera creciendo la leyenda sobre el autómata. En 1858, un año después de que Mitchel revelase la verdad, el mago francés Robert Houdin difundió en sus memorias la historia totalmente ficticia de un soldado polaco llamado Worousky, que había perdido las dos piernas en la guerra. Worousky sería el operador del Turco en los tiempos de von Kempelen. Además, hay toda una trama sobre el soldado amputado, al que von Kempelen habría sacado a escondidas de Rusia dentro del autómata. El libro se tradujo al inglés al año siguiente y se volvió muy popular, creando la teoría del soldado sin piernas que operaba al Turco mecánico después de que ya se hubiese hecho pública la verdadera historia.
Todavía en el siglo XX hubo autores que creían que la explicación de Mitchel con los imanes y el pantógrafo era demasiado complicada y se decantaban más por la teoría de Willis o de Poe, sin importar el leve detalle de que Mitchel fue el único de los tres que vio el Turco por dentro.

Recreación de John Gaughan
En los años ochenta un fabricante de aparatos para magos llamado John Gaughan realizó una reconstrucción del autómata siguiendo la explicación de Mitchel, para demostrar que sí era posible podía manejarlo de esta manera.
Y así llegamos al final de la historia del Turco mecánico, el autómata zurdo que se codeó con las personalidades más prominentes de su tiempo. ¡Gracias por haberme acompañado en este nuevo encuentro!
Personalmente tengo que confesar que no sé jugar al ajedrez, así que en aquellos tiempos me habría quedado con las ganas de retarle a una partida. ¿Qué piensas tú? ¿Te ha sorprendido la verdad detrás del turco? ¿Crees que hoy en día podríamos caer en un engaño parecido con una inteligencia artificial?
¡Nos vemos en nuestro próximo encuentro a medianoche!