El vídeo La maldición de Tutankamón que he subido esta semana ha sido intenso. No solo porque me ha salido más largo y me ha llevado más tiempo de lo esperado, sino también por todo lo que he aprendido sobre la historia de Tutankamón en los últimos 100 años (y un poco de su historia hace 3.300 años también).
Desde el momento en que el equipo del arqueólogo Howard Carter descubrió la tumba en noviembre de 1922, comenzó la intensa labor de rescatar, catalogar y transportar todos los objetos allí encontrados.
A través de la mirada de un observador del siglo XXI, esto ya requiere un pequeño esfuerzo de contextualización para entenderlo plenamente. Por supuesto que este descubrimiento fue un aporte cultural y arqueológico muy valioso, con una intención muy diferente de saquear la tumba. Pero desde un punto de vista simplista, el hecho de romper los sellos, entrar allí y llevarse los tesoros funerarios, no deja de ser una profanación. Sin importar si la intención es la investigación arqueológica o vender los tesoros en el mercado negro, irrumpir en una tumba y llevarse las posesiones del difunto, dicho así a bocajarro es una práctica bastante tabú en cualquier cultura.

Obviamente, hay excepciones, y la investigación histórica, cultural y arqueológica es una de ellas. El descubrimiento de la tumba aportó una enorme cantidad de información sobre las prácticas de enterramiento, arte, artesanía y vida cotidiana del antiguo Egipto. A su vez, el análisis de los objetos y restos encontrados en la tumba ha impulsado el desarrollo de nuevos avances científicos y tecnológicos. Son particularmente impactantes las reconstrucciones 3D del rostro de Tutankamón a partir de su momia.
Aunque por otro lado, si nos permitimos ser indulgentes en base a la intención que llevó a sacar los tesoros funerarios de la tumba, también deberíamos tener en cuenta la intención que llevó a ponerlos allí. Se supone que era la de acompañar al difunto por toda la eternidad en su tránsito al más allá, no la de acabar expuestos en un museo, aunque aquí también podemos aludir a que a estas alturas ya nadie de quienes los puso allí se va a enterar. Al final este es un debate ético sin respuesta.
Otra cosa muy diferente, al menos en mi opinión, es el tratamiento de las momias, que no son artefactos ni objetos, son restos humanos iguales que los que cualquier «profanador de tumbas» podría sacar de un cementerio. O bueno, casi exactamente iguales, porque las momias están embalsamadas y ahí radica su punto de interés. Pero aún así, no deberíamos perder de vista el detalle de que no dejan de ser cadáveres humanos.

Este es el punto en que la historia de Tutankamón empezó a hacer aguas en mi cabeza, empezando ya por el momento de su descubrimiento allá por 1925 (aunque como hemos dicho Howard Carter descubrió la tumba en 1922, pasaron 3 años de trabajos de excavación y recuperación de tesoros y artefactos antes de que se viesen cara a cara con la momia del faraón).
Tutankamón estaba preservado en vendas y sudarios, como es habitual en las momias egipcias embalsamadas, pero además su cuerpo estaba metido en tres ataudes antropomórficos anidados. Esto es, tres ataudes con forma humana que estaban uno dentro de otro. Y estos tres ataudes estaban a su vez metidos en un sarcófago de cuarzita cerrado con una tapa que según describió Carter pesaba alrededor de una tonelada.
Por lo tanto, Carter y su equipo sudaron ríos de tinta para levantar la tapa, abrir los tres sarcófagos y encontrarse con la momia. Que además de estar envuelta en vendas, llevaba la icónica máscara funeraria de oro que hoy en día se exhibe en el Museo Egipcio de El Cairo.
A partir de aquí, a lo que se dedicaron fue a «pelar» las capas de la momia, máscara incluida, hasta que llegaron a los restos mortales. No fue tarea fácil, porque la máscara se había quedado pegada al cuerpo, y el cuerpo al fondo del ataúd. Según parece, tuvieron que fragmentar la momia en varias partes y desprenderle la cabeza del cuerpo para poder examinarla.
En su día, después de realizarle los exámenes pertinentes, devolvieron al faraón a su tumba, lo cual ya es un lujo porque no todos han corrido la misma suerte. Según creo primero estaba metido en los ataúdes originales (aunque ya sin la máscara) pero luego tuvieron que realizar cambios porque tanto los ataúdes como la momia se estaban estropeando.

Y esto es lo que más me chirría del caso, porque hoy en día la momia se exhibe ante los turistas en su tumba, obviamente protegida dentro de una hornacina con aire acondicionado y demás para preservarla adecuadamente, pero a cara descubierta y «hueso desnudo». Ni máscara funeraria, ni vendas, ni sudario, ni ataúdes, además de haberle desposeído de todos los tesoros funerarios que estaban en la tumba. Y es una imagen muy triste, que por cierto no voy a reproducir aquí ni tampoco he incluido en el vídeo porque me parece bastante desagradable.
El legado cultural de la tumba de Tutankamón es inmenso, pero una vez que los expertos ya han hecho su trabajo, me pregunto qué puede cambiar en el legado cultural individual de cualquiera que vea la momia ahí expuesta en su tumba. Yo diría que no mucho, la verdad. ¿Sale uno de la tumba más sabio, más culto, o más digno de lo que entró después de ver la momia a hueso pelado? Yo no he entrado, solo la he visto en fotos, así que no puedo opinar. Pero la reflexión que me ha venido solo por ver las fotos es esta: que vuelvan a ponerle a Tutankamón su máscara funeraria, que le metan en sus ataúdes y le dejen descansar en paz. En serio, esa no fue la intención con la que se le embalsamó en su día.